VOLCÁN ACATENANGO. De cuando dormí frente a un volcán en erupción.

Uff esta experiencia realmente es de las que quitan el aliento. Ya había contado que yo no tenía idea a que me iba a enfrentar realmente cuando decidí incluir este tour en mi viaje de 12 días por Guatemala. Lu quería hacer esta experiencia y yo había leído mucho sobre ella, pero debo reconocer que tenía miedo. No porque fuéramos a dormir frente a un volcán en erupción, eso me parecía fascinante, pero si por el esfuerzo que significaba llegar allí y por supuesto, por el frio jajajaja (dos cosas me producen mucho temor, el mar y pasar frío).

El tour indicaba que era para personas con buen estado físico, ósea desde allí comenzamos mal, yo ya a estas alturas necesito una rodilla ortopédica, y las temperaturas a las que podíamos llegar en la cima eran bajo cero. Pero a mí me gusta desafiar los miedos así que fuimos por esta experiencia.

El tour comienza a las 7 am en la agencia de turismo en Antigua, hay muchas opciones para escoger y realmente todos los tours cuestan lo mismo. Partimos en auto hasta un pueblito en Chimaltenango.  Desde aquí iniciamos la caminata cuesta arriba alrededor de las 11 a.m. El primer tramo hasta llegar a una especie de albergue donde nos entregaron algo para comer era bastante empinado, ya nos iba advirtiendo de lo que nos esperaba. Luego de este pequeño descanso continuamos el camino.

Camino a la cima

La dificultad del camino no era solo las pendientes, sino el terreno de arenilla volcánica que ralentizaba el paso. Aquí los palos de trekking hubieran sido perfectos, nosotros no llevamos los nuestros porque en la pagina de la agencia decía que nos daban unos. Menuda sorpresa cuando nos entregaron dos palos de madera.

Nos tocó un día algo nublado por lo que el sol no fue un problema, pasamos por campos de maíz y luego atravesamos un bosque nuboso, las cuestas cada vez era más constantes, pero por suerte hubo varios momentos de descanso para recuperar el aliento. Fueron en total unas 5 horas y media de camino hasta llegar al campamento ubicado a 3600 metros. Allí pararíamos la noche y esperaríamos tranquilamente para comenzar a ver las fumarolas y la lava roja que arroja el Volcán de Fuego ubicado al frente.

Como ese día el sol no nos había sonreído al llegar al campamento no se veía absolutamente nada al frente. Cenamos, nos quedamos un rato conversando con el grupo en la fogata y nos metimos a la carpa y tratamos de descansar un poco. El frío era realmente fuerte, yo andaba muy abrigada y aun así sentía mucho frío, las carpas no eran las más cómodas y la verdad las bolsas de dormir que nos dieron tenían un olor peculiar que tuvimos que pasar por alto.

Después de mucho esfuerzo me quede dormida, cuando a eso de las 12 a.m. escuchamos que una de las chicas del grupo pasaba gritando “se ve el volcán, se ve el volcán”. Inmediatamente nos despertamos y salimos, el frio era congelante, pero podían más nuestras ganas de ver el espectáculo. Yo cogí mi bolsa de dormir y salí con ella a sentarme a la fogata y disfrutar del impactante espectáculo frente a nuestros ojos.

Nunca en mi vida había visto algo así, el baile de lava volcánica en medio de la oscuridad que cada tanto se dejaba ver era alucinante. Yo no podía dejar de mirar ese impactante momento pensando en lo pequeño que éramos y en lo cerca que estábamos de ese peligroso fenómeno natural. Hubo un grupo de turistas que pagaron un extra y continuaron camino para acercarse más hacia el Volcán de Fuego, yo la verdad no tenía más piernas ni energías para eso. Una hora y media después nos volvimos a meter a la carpa e intentamos nuevamente dormirnos.

4:45 a.m. los guías pasan por nuestra carpa para avisarnos que era momento de seguir ascendiendo hasta la cima del Volcán Acatenango. Debíamos llegar hasta los 3979, debo confesar que por un segundo pensé decirle a Lu que vaya él, que yo me quedaba allí mismo a esperarlo. Por suerte, rápidamente me cuestioné la razón por la que estaba allí arriba y no estaba dispuesta a dejar la experiencia a medias.

Los últimos 300 metros de altura fueron los más difíciles, una caminata de 2 km de cuesta vertical de sedimento de lava volcánica en la que se te hundía los pies y te impedía ir más rápido. Varias veces durante la hora de ascenso pensé en quedarme allí, pero a pesar del cansancio físico la vista cada vez era más impactante. Iniciamos alrededor de las 5 a.m. a oscuras y a medida que ascendiamos se iba iluminando el cielo. De pronto, frente a nuestros ojos, el cielo se pintaba de naranja y rojo, a medida que llegábamos a la cima nos encontramos sobre un colchón de nubes. De un lado se podía ver la cónica punta del tercer volcán de la zona, el volcán de Agua, del otro lado, el volcán de fuego son sus fumarolas y en el horizonte, la luz naranja del sol que pintaba el cielo. ¡Alucinante!.

Una vez que nos cansamos de ver este espectacular paisaje llegó el momento del descenso. Primero hacia el campamento para desayunar y luego hacia el pueblo donde cogeríamos la minivan para volver a Antigua. Me gustaría decirles que el descenso fue más fácil que el ascenso, pero lo cierto es que no fue así. Me caí varias veces tratando de bajar a toda velocidad por lo empinado del camino, las piernas me temblaban de la fuerza que se debía de hacer para no terminar de hocico en el piso.

Subir y bajar el Acatenango fue una de las mejores aventuras de mi vida, aún ahora escribiendo esto no puedo evitar emocionarme de lo impactante y retador que fue toda esta experiencia. Ojalá la vida me siga sorprendiendo.

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